fratta/harta fidelidad con sonido etéreo
Octubre del 99
La Realidad pintada por Fratta
Nuestro Rock
David Cortés
Lejos están los tiempos cuando Fratta, parapetado detrás de los teclados, formó parte de Ninot, banda precursora del rock en español, pero a quien el tiempo no le hizo justicia. Menos antiguos son los días en los cuales se le encontraba con Casino, otro grupo cuya suerte no fue diferente. Desde entonces, el cantante, guitarrista, bajero y encargado de otros aditamentos sonoros, aprendió a no esperar justicia del rock and roll. Ya en los noventa, con el nombre de Romántico Desliz, intuyó que lo más próximo a un sueño está en las apuestas personales, en el trazado de retos propios y no en la consecución de metas ajenas.
En X (Culebra, 1993) (Romántico Desliz X), esa primera placa firmada como Romántico Desliz, Fratta desplegó algunas de sus artes, a saber, esa elegancia en los arreglos, ese gusto refinado por las instrumentaciones sobrias y finas que jamás entorpecen una composición, aunque sí la ganancia económica. Muy temprano en esta década, Fratta comprendió que su tiempo era distinto; había que marcar su propio ritmo, trabajar no con cautela, pero sí con la certeza de que el paso dado fuera el adecuado en el sentido artístico.
Tal vez por eso su producción discográfica no ha sido prolífica. No por la falta de talento porque lo decantado en sus recientes trabajos habla de la existencia de éste sin cortapisas, sino porque el tiempo se ha invertido en bosquejar cada uno de estos trabajos hasta conseguir de ellos el perfil buscado. Y como ejemplo allí está La espuma de los días (Intolerancia, 1998), un disco cuya mitad esta conformado por el track titular en el que se advertían los múltiples caminos que una canción puede tomar con un pequeño giro.
Y un mejor ejemplo todavía de como Fratta ha crecido no en cantidad, pero sí en las maneras de realizar sus discos, es Realidad (Intolerancia/Opción Sónica, 1999), disco en donde su autor no se despega de la línea trazada, aunque sí la actualiza. Fratta gusta de trabajar la canción y al escribirlas gusta de invitar a sus amigos (María Urtusuástegi, voz; Sr. González, percusiones; Héctor Page, guitarra; Alfredo Velásquez, batería) a darle colorido a las mismas. Y la sesión funciona, porque al entrar a Realidad uno tiene que abrir sus oídos, porque aquí hay muchos sonidos nuevos, algunas influencias del drum and bass, del acid jazz, de la neoelectrónica; sonidos que han sido contextualizados en la música de Fratta y utilizados como un recurso más y no como un ejercicio de fascinación.
Fácil hubiera sido caer en el ensimismamiento tecnológico, pero Fratta escogió de éste lo más útil, porque en Realidad la música se desgrana de manera orgánica y esos destellos de electrónica están perfectamente imbricados, son artilugios que decoran y no entorpecen las canciones; las embellecen sin necesidad de untar plastas de maquillaje. Sí, las canciones de Fratta son como una mujer hermosa; el maquillaje apenas y se ha utilizado para realzar una línea aquí, un rasgo allá. Y estas canciones, siempre rodeadas de sublimes momentos, terminan por absorbernos, por mostrarnos que hay posibilidades de hacer música sin necesidad de recurrir a la fuerza desmedida, que es posible crear una capa de embeleso sin los burdos trucos del apantallamiento, porque temas como "Las flores", "Verano del 66" (con el discreto parafraseo del coro de "Más que nada"), "Realidad", "Delirios" (un bolero con la participación de Medardo, Cosme o Nru, como quieran llamarlo) o "La espuma de los días", son intensos por lo que dicen, pero también por sus sonidos, porque Fratta ha logrado el balance, el equiparamiento entre letra y música tan necesario en el rock nacional. Fratta es un maestro del detalle, un artesano ávido de cultivar las formas finas que ha encontrado otra forma de pintar la Realidad a sabiendas de que este movimiento lo margina de los círculos de moda; sin embargo, entre saturar un día y pasar al olvido después; o tocar a algunas almas para el resto de sus vidas, el guitarrista ha optado por lo segundo.
David Cortés